Sábado de la 15ª semana (Mt 12,14-21)
Los fariseos planearon acabar con Jesús. Jesús se marchó de allí, y muchos le siguieron. Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en él esperarán las naciones.
Unos le persiguen y otros le siguen
Jesús no busca el enfrentamiento. Ante la oposición a muerte, él se retira. Esa es la tónica general de toda su vida pública. Hace una propuesta pero no la impone.
Ni va a ser un agitador ni un líder político. La fuerza y la coacción no entran en su programa. Esto no quiere decir que no tome sus decisiones con absoluta firmeza.
La suavidad de su manera de actuar no dará lugar a dudas sobre lo absoluto de su propuesta. Ni siquiera la muerte le va a separar del objetivo que se ha propuesto.
Como tantas veces en los evangelios, Mt acomoda un texto de Isaías. La obra del Mesías no quedará circunscrita a Israel, abarcará a todos los pueblos.
La liberación que supone llevar a plenitud la Ley mosaica, tendrá como consecuencia la aceptación por otras naciones de las enseñanzas de Jesús. El objeto de su mensaje no será Dios sino el hombre concreto.
Su mensaje no irá dirigido a fomentar la supremacía de un pueblo elegido sino a buscar la unidad de todos en la aceptación del proyecto salvador de Dios para todos.
Queda claro que su mensaje produce división entre los que le escuchan. El pueblo sencillo lo acepta. Los dirigentes persisten en sus prejuicios y lo persiguen.
Fray Marcos