Hacerme cargo de la realidad,
de la que me rodea y sostiene,
de la que me nubla o da horizonte,
de la cercana, de la lejana;
de la realidad de Dios
que es la creación entera;
de la realidad de los otros,
tan diferentes y hermanos,
y de mi propia realidad,
tan humana que me afecta todos los días.
Hacerme cargo de la realidad
y, para ello, mirar de frente y ver;
escuchar a quienes no tienen voz;
entrar en las entrañas del mundo
y detener el viaje de mis negocios;
dejarse llevar serenamente, sin resistir,
adonde nuestro corazón nos lleve;
estar siempre donde hay que estar
aunque sintamos el ruido o la soledad;
y no volver ni cuerpo ni espíritu para atrás.
Hacerme cargo de la realidad
recorriendo los caminos de la periferia,
sintiendo sus voces, gritos y susurros,
percibiendo sus fragancias abiertas,
consciente de mi talante y momento,
de este lugar, día y sentimiento,
porque la realidad, cualquiera, está más llena
de dolor, caos y tiniebla
o de belleza, misterio y futuro,
según nuestro lugar de refugio y vida.
Hacerme cargo de la realidad,
sin metáforas, símbolos y poesía,
tal como la viven quienes están dentro de ella,
fajándonos en las distancias cortas
para evitar viajes de ida y vuelta;
hacerme cargo y seguir la tarea
conjugando quehaceres, sendas e historias;
esperando, quedamente y en silencio,
a que tu Palabra de vida nazca
y florezca en nosotros tu luz y sabiduría.
Hacerme cargo de la realidad...
y, después, ¡cargar con ella
y encargarme de ella!,
como Tú lo hiciste
y nos lo propones
al final de la historia
del buen samaritano,
dejándonos tocar, golpear,
herir, desangrar, crucificar...
y besar por ella.
Florentino Ulibarri