UN DÍA ENTRE REJAS
Leonardo GonzalbesLa primera vez que llegué al complejo penitenciario tuve la sensación de estar parado en la punta de un Iceberg enorme y desconocido. No sólo por el frío que me trasmitía el lugar sino por el gran misterio que Dios me retaba a descubrir.
Estar ahí trasciende cualquier propósito religioso que se traiga entre manos, ya que todo invita a vivirlo desde la humanidad más honda y profunda. Es tocar un límite vital donde la frustración y el fracaso te encarcelan sin estar condenado por nadie. Empiezas a sentir en las fibras más intimas de tu existencia lo que ahí se padece y se sufre.
Eso hace que te despojes de todo prejuicio que te invite a confirmar que quién está ahí es porque algo hizo, que se lo merecen por lo que hicieron, que nunca tendrían que salir, etc. Quien lo mira desde fuera y no se involucra con esta realidad, lo va a aprobar siempre como un lugar de condena merecido. Es parte de la idiosincrasia social no hacerse responsable de lo que a otro le pasa.
Eso está claro para la sociedad y para los internos también. Ya están condenados y están pagando con el precio más alto que es la privación de la libertad. Algo que los que vivimos afuera, supuestamente, no experimentamos. Aunque bien sabemos que podemos estar libres y tener tantas esclavitudes que hagan de nuestra vida un calabozo.
Hay que meterse bien dentro para tocar la verdad de lo que ahí se vive y formar parte de esta vida que se lleva a cuentagotas y con una lentitud extrema para todo. El tiempo no existe. Para ellos el tiempo es igual a su condena. Por eso cada segundo, cada minuto, cada día, cada año; se mide con el "mientras"... mientras tanto ¿qué?
En principio, todo lo que se haga con ellos tiene que reivindicarlos como "personas", como seres humanos, seres aceptables y perdonados por quien se dispone a compartir un tiempo con ellos.
La cárcel ya es en sí misma un lugar de condena, de desconfianza, de miedo y soledad. Nada de eso tiene que estar presente. Ni en las miradas, tampoco en las palabras. Más allá de sus situaciones pasadas, lo único que hoy tienen entre manos es su presente y nosotros estamos llamados a hacerles un día más digno, más humano.
Es verdad que les cuesta entrar en confianza. Pero lo que manifiestan de una manera palpable es que quien se les acerca equivale a una luz, a un poco de oxigeno, y es el principio de una gran puerta a la libertad interior.
Pensemos que tienen muchos afectos rotos, personas que los han abandonado, familiares que les exigen respuestas a sus acciones, hijos que preguntan por qué papá está lejos y no viene a casa. Muchas familias rotas a causa del hecho que los destinó a esa situación de vida, pérdidas de bienes, de un lugar en la sociedad, y lo más terrible, de una identidad. Ya no son los mismos para su gente y mucho menos para aquella sociedad que nunca les levantará la sentencia.
Conviene no tener en cuenta la causa penal por la que están condenados. En definitiva, ya están pagando por ello y a un precio muy alto. Lo que importa es que les demos un lugar, un espacio, en el que se sientan "personas", que vean que no los miramos desde la falta y la culpa sino desde la benevolencia y la confianza que ellos necesitan para dar sus primeros pasos.
Los primeros pasos en la sanación son esos que los bebes dan con inseguridad y con miedo. Necesitan unos brazos que los espere del otro lado y con una sonrisa los confirme nuevamente en la capacidad de hacer las cosas bien. Esa es la ternura que se necesita si queremos que realmente vivan este tiempo como un tiempo de restauración y no de condena estéril para seguir con la misma vida. No ha de sentir que llego a un punto muerto.
Darse cuenta de que no vivían bien, de que la vida que llevaban no era buena, les pone en un principio de arrepentimiento sanador para seguir caminando en el camino de regreso a casa. La sintonía con la verdad propia y actual de cada uno es una luz que iluminara los próximos pasos. Pero no se hace desde la culpa y los reproches sino desde la seriedad de asumir una "nueva oportunidad" a conquistar. Aventurándose a que revisen en el baúl de su corazón quebrantado, las armas que poseen para la pelea que la vida les va a exigir.
Más allá de la crueldad que irradian estas verdades la más terrible de todas es que como sociedad no estamos preparados para recibirlos otra vez. Ya no confiamos en ellos, están marcados por la ley del talión, han traspasado un límite que no perdonamos.
Pero ellos si tienen la esperanza de regresar a casa, aun sabiendo todo lo que perdieron y todo lo que les espera. Es su pan cotidiano que da fuerza para no asfixiar la ilusión ni ahogar la poca respiración que les queda. Por eso es fundamental manifestarles acogida, una mano tendida, para acompañar esos pasos que retornan a un mundo perdido.
Necesitan volver a sentirse queridos, tenidos en cuenta y lo más difícil de todo, que vuelvan a creer en ellos. Saber que cuentan con alguien que no les va a tomar examen de vida, alguien que le contagie las ganas de seguir viviendo. Desean ser escuchados desde un lugar que no tenga que ver con defenderse ni justificarse sino donde puedan expresar sus necesidades y sus propósitos de cambiar.
Si como sociedad no preparamos un andamiaje para que ellos puedan regresar a otra vida, todo lo que se haga dentro resultará en vano. Por eso hay tanta reincidencia en los internos que salen y vuelven porque no encuentran dentro del sistema las vías adecuadas y suficientes para insertarse honradamente y vuelven a delinquir.
En el lenguaje de la cárcel se denomina "ranchear" al espacio dentro del pabellón donde se comparte la mesa y los bienes que puedan recibir. En este espacio más familiar se van reagrupando y creando lazos de supervivencia. Allí se refugian haciendo comunión de bienes, de tristezas y de la confianza más honda. Hay gente que no hace rancho porque son "pareas", esto significa que no tienen visitas, o sea, nadie que les traiga algo para compartir, y otros porque todavía no han aprendido a convivir y prefieren estar solos.
También están los que siguen delinquiendo dentro presionando con amenazas a quien les puede dar unas buenas zapatillas y hasta dinero depositándolos en cuentas por los familiares de los mismos internos.
El estar dentro no implica dejar totalmente la vida anterior. Ellos mismos arman el submundo de la corrupción y la delincuencia porque no conocen otros estilos de vida.
Para algunos es una triste noticia que apostemos por los derechos de los internos. Sobre todo para aquellos que, justificadamente, quieren de las rejas un lugar de condena y no de restauración humana. Pero tienen todos los derechos humanos básicos menos el de la libertad.
Eso implica que tengan una buena alimentación, un espacio digno para descansar y convivir. Que puedan desplegar su creatividad en trabajos manuales que les haga sentirse útiles y necesarios para la comunidad.
Estas tareas resultan muy buenas cuando tienen el famoso "peculio", que se deposita por su trabajo en una cuenta bancaria. Es dinero con el que pueden seguir manteniendo a sus familias y les permite no sumar otra preocupación a la vida nada fácil que hoy tienen que llevar. En el mejor de los casos, después en libertad podrán contar con él para volver a empezar sin robar.
También cuentan con la oportunidad de "educación académica" para avanzar en los estudios que ya tienen o que nunca empezaron. Eso también les hace salir preparados para vencer el duro desafío de la sociedad que les espera afuera.
Es ardua la tarea de quienes trabajamos en el servicio penitenciario para invitarles a vivir mejor. Pero tenemos mucho para darles y para devolverles. Ellos que nada tienen nos enriquecen cada vez más. Porque nos permiten amarlos desinteresadamente. Nos prueban y desafían constantemente mostrándonos muchas veces nuestras mediocridades e hipocresías. Y te trasmiten el valor primordial de vivir en una libertad sana e integrada a un mundo de ideales que todavía no hemos comenzado a construir.
Si el iceberg sigue flotando en las aguas de nuestra dureza de corazón y no le acercamos el sol de nuestra misericordia y compasión, seguirá haciéndose más y más grande. Seguirá enfriando el mundo y nuestras vidas. Depende de nosotros que disminuya y pronto alcancemos entre todos el hermoso paisaje de la patria en la que deseamos vivir.
Padre Leonardo Gonzalbes
(extracto)