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MIGRANTES EN LA ACADEMIA Y EN LA IGLESIA

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A principios del mes, fui informada de que no podría continuar con la enseñanza de un curso que con dedicación y esmero había preparado. La razón: no logré renovar mi permiso de trabajo. Sin oportunidad de dialogar o encontrar una solución, la institución decidió prescindir de mi presencia con una frialdad que dolía más que la decisión misma: "La universidad no la quiere aquí". Esas palabras no solo marcaron el fin de una oportunidad, sino que me hicieron sentir descartada, como si mi valor en la academia dependiera de un documento administrativo y no de mi preparación, de mi vocación, de mi labor y entrega.

Este episodio no es un caso aislado. Refleja un problema sistémico en el que las instituciones académicas y religiosas, que deberían ser espacios de acogida y dignidad, se convierten en estructuras de exclusión que deshumanizan a quienes no encajan en sus estrictos marcos burocráticos.

Históricamente, los migrantes han sido parte fundamental del desarrollo de las instituciones académicas y eclesiásticas. Son profesoras, investigadores, catequistas, trabajadoras administrativas y voluntarios que sostienen muchas de estas estructuras. Sin embargo, a pesar de su contribución, su presencia sigue estando condicionada por su estatus migratorio o laboral, y cuando este cambia, su humanidad parece desaparecer a los ojos de quienes toman decisiones.

En la Iglesia, la contradicción es aún más evidente. Se proclama un mensaje de acogida y solidaridad con los migrantes, pero muchas veces, en la práctica, se les trata con la misma rigidez que cualquier otra institución. La pastoral migrante existe, pero en muchas ocasiones, se queda en el discurso sin generar cambios estructurales que garanticen la dignidad de quienes sirven y trabajan en la Iglesia.

La burocracia actúa como una herramienta de exclusión. En lugar de buscar soluciones para retener el talento y la entrega de los trabajadores migrantes, las instituciones académicas prefieren aplicar normas inflexibles que terminan expulsándolos sin consideración. Estos procesos administrativos, carentes de flexibilidad y empatía, revelan una visión en la que las personas dejan de ser individuos con historias y contribuciones, para convertirse en meros expedientes.

El lenguaje también juega un papel fundamental en la deshumanización. Frases como "no la queremos aquí" no solo niegan una oportunidad laboral, sino que también despojan a la persona de su dignidad. Este tipo de discurso crea una narrativa donde la persona migrante es reducida a un problema, en lugar de ser reconocida por su trabajo y valor. El uso de un lenguaje frío y despersonalizado contribuye a la perpetuación de la exclusión.

El silencio institucional refuerza esta deshumanización. Muchas veces, los casos de exclusión no generan indignación dentro de la comunidad académica o religiosa, porque estas prácticas, aunque conocidas, no son ventiladas. La falta de protesta y cuestionamiento permite que estas estructuras sigan operando sin cambios, manteniendo un sistema que se ha vuelto experto en despojar a los migrantes de su dignidad y derechos.

Este tipo de prácticas contradicen los valores fundamentales del Evangelio. Jesús mismo se identificó con los rechazados y marginados, llamando a la construcción de un Reino donde la dignidad de cada persona fuera el centro. La exclusión sistemática de los migrantes en espacios que deberían ser de acogida y comunidad traiciona el mandato cristiano de justicia y solidaridad.

El Evangelio nos llama a ser una Iglesia en salida, no una que reproduzca los mismos mecanismos de marginación que el mundo secular impone. Cuando una institución eclesiástica o académica justifica la exclusión bajo el argumento de la burocracia, está eligiendo la comodidad del sistema sobre el mandato de la compasión y la justicia.

El mensaje cristiano no puede ser solo teórico. La fe sin acción es vacía, y una institución académica en la Iglesia que no cuestiona sus propias estructuras de exclusión está lejos del mensaje de Cristo.

Este episodio, que inicialmente fue una herida profunda, se transformó en un llamado a vencer el miedo y desafiar la indiferencia y la exclusión. Entiendo que no basta con denunciar, sino que es necesario construir nuevas posibilidades donde la dignidad de cada persona sea respetada y valorada. No podemos permitir que la deshumanización siga imperando en espacios que proclaman formar en justicia social y espiritualidad cristiana. Si realmente aspiramos a una transformación, estas instituciones deben reflejar en sus acciones los valores que predican.

El llamado es ineludible: la injusticia que persiste en la academia y la Iglesia no puede seguir siendo ignorada. No podemos permitir que el silencio legitime la exclusión y la marginación. La dignidad no es negociable.

 

Natalia Velasco

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